Vacío.
Antes esa palabra me parecía solo un adjetivo simple, para
explicar algo en lo que no hay nada.
Cuando el vacío se apoderó de mi alma, deje de considerarlo
así.
El vacío me hiela y me hierve. Me deja anonadada frente a un
precipicio y sé que jamás detendrá la caída.
Le gusta estar en mí y adora verme sufrir. Ama verme llorar.
Me apuñala una y otra vez, y cuando pienso que ha terminado, vuelve a empezar.
Me ha hecho ver que realmente no le importa a nadie, que si
me fuera se me superaría fácilmente.
Soy un roto, y cada día me importa menos serlo.
Y sentir, lo que se dice sentir, desde que llegó, solo lo
siento a él.
“Y mientras tú sonríes yo me coso mis heridas”.