sábado, 2 de febrero de 2013

Historias de vida



¿Recordáis el típico dicho de que, cuando crees que vas a morir, pasa toda tu vida por delante de tus ojos? ¿Cómo una proyección que no puedes parar? No hace falta que estés a punto de morir para verlo así. Él lo recuerda así, Jorge lo ve así a cada momento.
~Aún recuerdo aquel día. Como si todo hubiese pasado hace unos instantes. Sigo oyendo a Marta decirme “Sé que la amas, no se lo dirás nunca, nadie te puede hacer cambiar de opinión. ¿Por qué no lo escribes? Muchos lo utilizan para desahogarse”. Y sí, lo hice. Lo escribí. Quizás me faltaron infinidad de palabras. No había palabras suficientes para expresar lo que sentía en aquellos momentos por Alba.
Jamás quise decirle lo mucho que la amaba, que era la única que conseguía hacerme sonreír con tan solo pensarla. La idea que me dio Marta fue muy buena, me sentí mucho mejor, más libre. Pero como dicen “si crees que eres libre es que no has volado lo suficientemente alto como para chocar con las rejas”. Yo choqué; me di de frente contra el mundo, un mundo mucho más fuerte que yo. Un mundo que me intento asfixiar y me soltó a volar demasiado débil.
Caí, sin frenos. La carta, la preciosa carta en la que me desahogue estaba en su casa. Y esto ocurrió por el simple hecho de que:
Cada 30 de diciembre yo estaba allí, plantado en su felpudo. Sí, por costumbre teníamos despedir el año juntos; entre risas, recuerdos y miradas que lo decían todo y, a la vez, nada.
Yo residía allí por dos o 3 días. Era el momento más feliz del año y, también, el más triste. ¿Sabéis ese sentimiento de tener algo tan cerca y a la vez tan lejos? Así sentía yo a Alba.
Entonces, cuando intentaba dormir, recordé la maravillosa idea de Marta. Busqué por los cajones de aquel cuarto tan frío. Unas paredes blancas mate, un armario de madera grande, un escritorio de madera rojizo y una silla de esas antiguas en el hueco que tenía el escritorio.
Cuando me dispuse a escribir, me di cuenta de que aquella carta no tenía sentido alguno. Sin embargo, la escribí.
No tardé mucho, todo salió de mí a una gran velocidad. Enamorado de ella desde los 13 años, mientras yo contaba ya con 27; demasiado tiempo.
El sueño me venció y guarde la carta debajo de la cama. Sin yo saber la limpieza que hacía Alba a aquel cuarto nada más irme.
La dejé olvidada, ella la leyó. 3 perdidas de ella. 1 mensaje “Tenemos que hablar, Jorge.”. Me temía lo peor. Me equivoqué.
Alba… Alba también me amaba. Increíble, ¿no creéis? Fue un encuentro precioso, nuestro primer beso juntos.

Yo ya estoy viejo, tengo 91 años. Y tengo aquellos momentos grabados a fuego. Esa es mi película favorita; nuestra historia.

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